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¿Para quien proyectamos?: la deconstrucción del cliente

Dudaba David Chipperfield en una entrevista sobre quiénes son los clientes de la arquitectura, quién es su verdadera audiencia, para quién es el edificio. Parecería evidente pensar en el cliente como en quien paga; sin embargo, en su sentido léxico, el cliente sería el que utiliza los servicios de un profesional y, por tanto, el usuario o consumidor. En este aspecto exponía Chipperfield: “[…] hay otras personas que usan el edificio, por lo que son también nuestros clientes; son las personas en las que tenemos que pensar, el que vive en el edificio, el que trabaja en él y el que coge el tren en la estación de ferrocarril o visita el museo. Así que, ¿con quién tenemos que comunicarnos?, o ¿en quién tenemos que pensar? […] El edificio está en la calle y lo veo cada día. No soy el cliente, no lo he pagado yo, no trabajo en él, pero soy cliente porque ésta es mi ciudad, ésta es mi vista, tengo opinión, así que el arquitecto que diseñó el edificio no debería pensar sólo en quien le paga, en quien lo usa, sino en todos nosotros”

1. De lo anterior se deduce el requisito de la arquitectura de vincular las necesidades del cliente en sus diversas interpretaciones: como promotor, como usuario y como extraño. Es en estos términos donde el arquitecto debe verse, no tanto como guía, sino como aglomerante de los gustos y necesidades de las distintas interpretaciones del cliente. Así, podría explicarse “la arquitectura como un arte útil, y la nuestra una profesión de servicio, a la que desnaturaliza tanto el lucro como la vanidad”

2. Citaba con frecuencia Rafael de La-Hoz un texto de Unamuno3 donde había tres tipos de zapateros: el que los fabrica por dinero, el que los hace para ser famoso y el que los elabora para que estén más a gusto los pies de sus clientes, haciendo de su oficio una religión; concluyendo